
Actúa de la misma forma. Siempre. Tratando de escapar de su realidad.
Pretende olvidar lo que fueron esas últimas 24 horas.
Esperando ansioso el momento de encontrarse entre esas cuatro paredes.
Ese lugar que por ahora nadie puede usurparle. Esa fortaleza que nadie puede atravesar por unos largos (para él) 30 minutos.
Entra.
Cierra la puerta con dos vueltas de llave.
Pone ese Cd que en las últimas semanas es lo único que logra escuchar con atención.
Sube el volumen tan alto como para no enterarse nada de lo que pasa por fuera de esa puerta de madera.
No quiere escuchar nada que pueda perturbar o interrumpir ese momento de intimidad.
Comienza a dejarse llevar.
Abre las canillas.
Deja correr el agua.
El lugar se llena de calor.
De ruido.
Sus pensamientos, poco a poco, empiezan a desaparecer.
Algunos se van con el agua pero otros quedan flotando en el vapor.
Cierra sus ojos mientras sigue intentando poner la mente en blanco.
De a poco esa música va sonando cada vez mas lejos, mas despacio, mas lenta.
Así comienza el ritual de cada día.
Algo comienza a deslizarse sobre su cuerpo, sus brazos y su cara. Algo que puede ser tan frio como caliente. Puede cortarle tan fácilmente la respiración o hacerlo explotar en un gritar si lo toma desprevenido. Puede incluso hacer que se arrepienta de haber empezado el rito.
Lentamente va sintiendo como empieza a arder. Le quema.
Trata de hacer fuerza con sus dedos para dejar de sentirlo. Inútil intentarlo, ya sabe que es inútil intentarlo.
Esa sensación no va a calmarse con sólo hacer presión.
Intenta sacar sus manos para comprobar que el dolor acabó.
Pero no es así. No se fue. No calmó. Como siempre ¿no? Es imposible que el dolor se pase en un minuto.
Vuelve a estrujarse con las manos una y otra vez. Así como una y otra vez vuelve a detener la presión hasta sentir que el dolor se haya ido por completo.
Deja correr mucha agua fría para limpiarse de ese liquito que lo esta quemando por dentro.
Es el turno de la toalla, una camisa, o un poco de papel. La idea es limpiar, presionar, refregar. Seguir el mismo procedimiento que con las manos y el agua.
Sin embargo esta vez el efecto es diferente. La vista le queda entre nubes. Ve como a través de una ventana empañada, sucia o incluso engrasada. Vuelve a refregarse los ojos mientras trata de incorporarse.
Consigue tranquilizarse.
De a poco va volviendo a esa habitación de la que mentalmente se había ido. Vuelve a escuchar lentamente, y muy a lo lejos, ese tema que lo hace volar. No sabe cantarlo pero le trae mucha paz. Es más apenas entiende lo que dice. Sólo sabe que habla de una chica que detrás de su sonrisa esconde algo frío y blanco. Una chica tan infeliz como él.
Ese será su ritual de ahora en más. Así termina. Limpio. Más liviano. Renovado. Listo. Y con la mente preparada para afrontar otras 24 horas de la dura rutina de fingir alegría.
[es posible que las primeras veces que se produzca el contacto no lograremos contener el llanto, el grito o el enojo. Pero con el tiempo el mismo cuerpo se va acostumbrando a la sensación de quemazón. La mente se va adiestrando en la estupidez de esperar que pase, sin siquiera intentar detenerlo.]
…Cada día se repite la misma estupidez. Sin quererlo. Sin pensarlo.
Es la suave rutina del shampoo en sus ojos…
4 comentarios:
Me recuerda a "Ojos rojos", la foto y el texto.
Qué bien me hizo tu mail. Hay cosas, muchas cosas, para charlar.
Hay que saber leer entre dos líneas casi pegadas, que parecen una. Palabras sueltas. Mensajes subcutáneos. Nada es lo que aparenta. Tú lo dices, yo lo avalo. Ojos rojos. Ojos abiertos. Ojos cerrados. Ojos. Simplemente ojos. Así como suena, intrincado. O no tanto. Como dejar pasar, al resbalar, por un momento, sólo por un momento, “el shampoo”...
=)
Un aplauso. Sí, uno sólo. Con eso bastaba, ¿no? =P
Beesoo
jaja, yo me lo venia imaginando mientras lo leia...
muy, pero muy buen post.
Giya, te reintegro los aplausos que aquella vez me regalaste.
Son todos tuyos.
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